Se alza el telón del Teatro Karl Marx y comienza un torrente de sueños a convertirse en realidad en el espectáculo Ecos de una Nana. No, no había tantos actores profesionales, sino un ejército de niños y niñas con rostros serenos y miradas iluminadas por una emoción profunda quienes se adueñaron de la escena. El bullicio de alegría inundó la sala, cargada de expectación y cariño para un compositor que tanto ha dado a las infancias, que lo sigue haciendo y que su obra ha trascendido por generaciones.

Muchos no se quisieron perder esta fiesta. Por eso acudieron a homenajear a ese que sabe reparar sueños: Arte Suma, Fantasía Circense, Habana Sueños, Passioni Dance, A Contratiempo, Compañía Cascabel, Rosa Campos, Elvia Pérez, Amandita, Coro Solfa, Peque Show. Uno a uno cada pequeñín mostraba lo mejor de su arte. Daba igual si cantaban, bailaban, actuaban o hacían piruetas y hasta trucos de magia. El asunto era la gratitud y la posibilidad de mostrar el arte aprendido de sus maestros y que devuelven a quien lo motivó. Como quien trae de regreso la flor que una vez fue semilla.

Un enero que ha comenzado tan extraño, tan gris, necesitaba de las mejores razones y colores que enaltecen, que defienden lo nuestro, el futuro, la cubanía. Por eso cuando comenzó la Nana De Las Mariposas, mi tema preferido y que al autor de estas líneas le provoca la clásica “basurita del ojo”, resurgió otra vez ese niño alborotador e intranquilo que siempre ha estado por acá y que es el motor que inspira las fotos que acompañan, correteando de un lado al otro de la platea para tratar de no perderme un instante. No es necesario nada más. Gracias Kiki Corona, simplemente gracias.

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