La Sala Avellaneda del Teatro Nacional se vistió de gala para conmemorar el centenario del natalicio del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz con la tradicional presentación del Ballet Nacional de Cuba. Bajo la herencia artística de la prima ballerina assoluta Alicia Alonso y la dirección general de Viengsay Valdés, la compañía demostró una vez más el porqué es considerada una de las joyas de la danza mundial. Cada escena, cada gesto y cada nota musical se convirtieron en un tributo a la cultura cubana y a la visión que Fidel defendió: el arte como derecho del pueblo.
La velada abrió con Tarde en la siesta, coreografía de Alberto Méndez y música de Ernesto Lecuona, con diseños de Salvador Fernández. Ana Pessino, Anette Delgado, Alianed Moreno y Carolina Fonseca encarnaron con delicadeza y elegancia a cuatro mujeres cubanas del siglo XIX, llenando el escenario de nostalgia, lirismo y cubanía. A continuación, Canto vital, de Azari Plisetsky con música de Gustav Mahler, mostró la fuerza masculina del elenco: Ányelo Montero, Alejandro Alderete, Roque Salvador y Luis Fernández representaron la Naturaleza, la Fiera, el Ave y el Pez en una danza de tensión, plasticidad y profundo sentido vital.
El momento cumbre llegó con las escenas del segundo acto de El lago de los cisnes, en la versión de Alicia Alonso sobre la coreografía original de Lev Ivánov. Gabriela Druyet, como Odette, y Bertho Rivero, como el príncipe Siegfried, deslumbraron por su técnica impecable y su intensa expresividad. El cuerpo de baile, convertido en una bandada de cisnes de precisión casi sobrenatural, recordó al público la grandeza del legado Alonso: una escuela donde la pureza académica se funde con la emoción más auténtica.
El cierre fue vibrante con Sinfonía de Gottschalk, escena coreografiada por Alicia Alonso sobre la música de Louis Moreau Gottschalk. Las parejas formadas por Alianed Moreno y Ányelo Montero, Nadila Estrada y Bertho Rivero, Laura Kamila y Alejandro Alderete, y Anette Delgado y Dani Hernández, junto a solistas y cuerpo de baile, llenaron la sala de ritmo, color y un sabor criollo irresistible. Fue la síntesis perfecta de una gala que unió tradición, modernidad y orgullo nacional.
Al caer el telón, los aplausos resonaron largamente en la Sala Avellaneda. Las imágenes de esta función quedarán como testimonio de una noche en la que el Ballet Nacional de Cuba, fiel a la memoria de Fidel y al genio creador de Alicia Alonso, volvió a convertir la danza en un acto de identidad, belleza y soberanía cultural.

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