Mi hijo me ganó. Y no precisamente en un terreno de béisbol.
Es un seguidor empedernido de Villa Clara, amigo de varios peloteros de ese equipo y capaz de discutir sobre el juego durante horas. Incluso se ha atrevido a cuestionar, cara a cara, decisiones de un director tan experimentado como Ramón Moré.
Yo fui industrialista desde niño, pero debo confesar algo: nunca llegué a establecer con los jugadores azules una relación semejante.
Y eso que mi historia con el béisbol comenzó mucho antes de mi primer turno al bate.
Un guante, una guía, un himno
Mi papá me introdujo en ese mundo. Me regaló una excelente Guía de Béisbol de 1969, vinculada al histórico triunfo de Cuba en el Campeonato Mundial de Santo Domingo, y un guante Batos, fabricado por nuestra industria deportiva.
Aquel guante me duró muchísimos años. Con él atrapé incontables roletazos mientras soñaba con convertirme en un buen torpedero.
No recuerdo que mi padre me llevara demasiadas veces al estadio Latinoamericano. Pero sí conservo una escena.
Cuando caminábamos por sus alrededores y comenzaba a sonar el himno nacional, mi papá se detenía. Y me hacía detenerme.
Los transeúntes nos miraban sorprendidos. Tal vez pensaban que guardar respeto al himno solo correspondía a quienes estaban dentro del estadio.
Para mi padre no existían esas fronteras.
También me contaba una historia de sus tiempos de niño en Guanabacoa. Según él, un buscador de talentos de Grandes Ligas lo había visto jugar segunda base y quedó maravillado con sus condiciones.
Entre nosotros, a veces sospecho que mi papá exageraba un poquito.
Aunque nunca pude comprobarlo.
Dos muchachos y un lanzador
Un día me llevó a matricular en la academia dirigida por Ihosvany Gallegos, aquel excelente lanzador de Industriales, ubicada en el entonces Círculo Social Obrero José Antonio Echeverría.
Gallegos me vio fildear dos roletazos. Y me aprobó.
No todos tuvieron la misma suerte.
Carlos Coto Wong, quien años más tarde sería compañero y amigo mío en la Redacción Deportiva del periódico Granma, llegó otro día también acompañado de su padre, El Chino, antiguo pelotero profesional.
Pero ni aquella experiencia ni su amistad con Gallegos pudieron salvarlo. Coto quedó fuera.
Cuando padre e hijo se marchaban tristes, pasaron frente a unas canchas de tenis.
—Mira, papá, esto sí me gusta.
Y aquel muchacho rechazado terminó participando en los Juegos Escolares Nacionales, pero con una raqueta.
Si tuviera ahora delante a mi entrañable amigo, le diría:
—Coto, quizás Ihosvany Gallegos se equivocó. ¿Quién puede asegurar que no habrías llegado a integrar un equipo Cuba junto a Félix Isasi, Armando Capiró, Agustín Marquetti y Fermín Laffita?
Sé cómo me respondería:
—Pérez Valdés, tienes humor negro.
El torpedero y el sol
Fui más de una vez al Echeverría, donde presencié, en un campeonato provincial, un jonrón de Agustín Marquetti que salió disparado hacia la zona de la piscina.
Luego regresé al mismo terreno, esta vez como jugador de un equipo de trabajadores llamado Lumínicos, organizado por nuestro vecino, el profesor Francisco Arcalá Caridad, Paco para muchos.
Aquel día fueron a verme mi mamá, mi papá y su amigo Raúl Orestes Martín, periodista de Prensa Latina.
¡Qué responsabilidad!
En el primer inning, un bateador conectó un roletazo por mis dominios.
Lo fildeé como si fuera Ozzie Smith, aquel formidable torpedero de las Grandes Ligas. Tenía buenas manos para el campo corto. Batear era otra historia.
El problema vino entonces.
Había que tirar a primera base.
Y en lugar de buscar el mascotín del inicialista, envié la pelota a buscar el sol.
¡Error!
Comenzamos perdiendo. Por suerte, aquella maquinaria organizada por Paco no tardó en reaccionar y tomó las riendas del partido.
Sospecho que mis padres recordaron más aquel tiro que cualquiera de mis buenos fildeos.
El heredero
Los años pasaron. Y llegó el momento en que tuve la oportunidad, viviendo ambos en provincias diferentes, de llevar a mi propio hijo al Latinoamericano.
Le hice fotografías junto a tres figuras emblemáticas de Industriales: Rey Vicente Anglada, Javier Méndez y Alexander Malleta, y ante la estatua de Armandito el Tintorero, aquel aficionado inolvidable.
Por su valor humano y sentimental, he querido incorporar a esta crónica algunas de aquellas fotografías que guardo con especial cariño. No podía dejarlas fuera.
Pero Rafaelito eligió sus propios colores: los de los Leopardos de Villa Clara.
—Esa pasión por los deportes, y también por el dominó, le viene de ti —me dijo su madre, Moraima Sánchez.
Y Rafaelito no se conformó con seguir al detalle los resultados de su elenco. Se acercó a sus jugadores, hizo amistades y comenzó a estudiar cuanto ocurría dentro y fuera del terreno.
Un día, frente a Ramón Moré, veterano director de Villa Clara, le soltó con respeto, pero sin rodeos:
—Dejaste mucho tiempo al lanzador.
Moré lo miró con una sonrisa. No intentó refutarlo.
—Así es el béisbol.
Y allí terminó la escena.
Mi hijo tampoco se queda corto cuando habla de las Grandes Ligas.
Con la tranquilidad de quien se toma un vaso de agua, un día me anunció:
—Soy especialista en MLB y NBA —dijo en referencia a las principales ligas estadounidenses de béisbol y baloncesto.
Le recordé aquella célebre frase atribuida a Sócrates:
—Solo sé que no sé nada.
Reflexionó un instante.
—Es verdad. No sabemos nada.
Después seguimos hablando de pelota.
El periodista y su jefe
Hasta que Rafaelito decidió dar un paso más.
En enero de 2026 me llegó desde Caibarién, donde vive, una petición sorprendente:
—Cuando tengas un tiempo, hazme un escrito sobre Villa Clara, y mándamelo para copiar y pegar en mi perfil de Facebook y en la página de los Leopardos.
¡Mi hijo encargándole trabajo a su padre periodista!
Y, como si fuera poco, comenzó a enviarme estadísticas, resultados y argumentos. Me contó de una racha de victorias, de las dificultades atravesadas por los naranjas y de su confianza en que conseguirían clasificarse.
Al final publiqué en Bohemia digital la crónica ¡Campeones (de la mente positiva)!
Aunque, entre nosotros, casi la escribió él, y así lo reflejé.
Y cuando pensé que aquel trabajo tenía ya su punto final, llegó otro mensaje suyo:
—¡ESTAMOS ENTRE LOS OCHO MEJORES DE CUBA!
Entonces recordé a mi papá, su guante Batos, aquella Guía de Béisbol y las veces que nos deteníamos al escuchar el himno nacional cerca del Latinoamericano.
Pensé en mi propio hijo, con su pasión por los Leopardos, sus amistades con los peloteros y hasta sus encargos periodísticos.
Tres generaciones. Una misma pelota. Distintas maneras de quererla.
Mi hijo me ganó.
Y ninguna derrota me ha hecho tan feliz.
La estatua de Armandito el Tintorero, símbolo de la pasión beisbolera en el Latinoamericano, también atrajo al pequeño visitante.
Alexander Malleta, otro de los grandes nombres de nuestro béisbol, comparte un momento con el futuro seguidor de Villa Clara.
Javier Méndez, destacado pelotero y director, en una fotografía de aquellos años en el estadio Latinoamericano.
Rey Vicente Anglada, una de las figuras emblemáticas de Industriales y del equipo Cuba, posa con quien entonces era un pequeño aficionado.

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