El periódico Escambray de Sancti Spíritus apenas había cumplido seis meses de fundado el 4 de enero de 1979, y su joven colectivo era agobiado por los frecuentes apagones que amenazaban con impedir su salida.
Los que eran mecanógrafos capaces de usar la máquina de escribir sin mirar el teclado solían sortear las dificultades, sobre todo cuando habían grabado las entrevistas y no tenían muchos apuntes que leer en sus cuadernos de notas.
Sin embargo, los trabajadores de la tipografía encargados del proceso de impresión no podían hacer lo mismo, pues tanto los textos como las fotos había que fundirlos en moldes de plomo, operación imposible sin electricidad.
El mayor de todos los apagones de la época ocurrió un 3 de abril, y ponía en peligro la edición del siguiente día, pero en horas de la madrugada, los espacios vacíos de las páginas empezaron a llenarse con materiales listos para ser impresos.
Al restablecerse la energía eléctrica, los operarios de las maquinarias correspondientes las hicieron funcionar como si hubiera sido una jornada normal, sin contratiempos, pero el colectivo exigió saber cómo había sido el acto de magia.
Todo fue posible gracias a recomendaciones del ya fallecido Roberto González Quesada, entonces jefe de Redacción del periódico Vanguardia de Villa Clara, quien dio la idea de procesar materiales que pudieran publicarse en cualquier momento.
Sugirió: Si hay algo que no quepa en una edición, haz que lo preparen, pero también elabora algunos que aborden temas importantes de la provincia, pero en secreto porque pudieran considerar que hacer algo que no es para el día, atrasa el trabajo.
Una vez conocida la verdad, la charla giró en torno a las causas de los apagones, y alguien cuya identidad no será dicha, culpó a un funcionario que, con toda razón, no quiso hacer una maniobra para proteger el circuito donde se editaba el periódico Escambray.
Ante hechos de consecuencias tan abarcadoras como los apagones, siempre ha habido señalamientos de culpabilidad, pero raras veces hacia los principales causantes del problema original que provoca los demás.
Un colega cuya identidad tampoco será revelada, salió en defensa del funcionario con argumentos que mayoritariamente fueron calificados de absurdos, que lo eran, y lo son, pero con ellos demostró que el susodicho no era el culpable.
El hecho viene a los recuerdos cuando se escucha que “la quitaron”, “la pusieron”, sin siquiera pensar los motivos por los cuáles hubo que quitarla, y que ponerla constituye un acto de malabarismo para sortear dificultades.
Con aquella experiencia de una explicación absurda, al ser preguntado si la culpa era del despacho de carga o de algún que otro funcionario, respondí que era de todo el que tuviera que ver con el sistema eléctrico por no hacer que las termoeléctricas y motores de generación distribuida funcionen con agua.
Ante el silencio, agregué: Con tanta agua que nos rodea, es imperdonable no haber aprendido a usarla para generar electricidad.

Términos y condiciones
Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.