La jornada por la Cultura Cubana, y la Camilo-Che se colaron en casa como un vendaval: que si aprenderse poemas, que si un disfraz de pollito, que “yo necesito un pulóver amarillo porque hago de sol” …
La mesa, ese lugar de confluencia familiar, parecía un taller cultural. Abel debía cantar: Capitán tranquilo, paloma y león / cabellera lisa y un sombrero alón / cuchillo de filo, barba de vellón / una gran sonrisa y un gran corazón / y un gran corazón.
Todos colaboramos en el aprendizaje, trabajoso para un niño de preescolar al que siempre se le olvidaba la palabra “cabellera”.
Amalia por otro lado tenía que recitar: Si deshecha en menudos pedazos / llega a ser mi bandera algún día / nuestros muertos alzando los brazos / la sabrán defender todavía.
Después de que aprendiera a decir bien “deshecha”, nos aseguró que ese poema era de Camilo, y le explicamos que no, que Camilo había recitado esos versos finales en un discurso, pero que el poema lo había hecho un matancero, Bonifacio Byrne, y se llamaba Mi bandera.
También quisieron saber por qué había una jornada Camilo-Che, les contamos sobre sus fechas de nacimiento y muerte, pero además sobre la amistad forjada en la adversidad, de la única latica de leche condensada compartida entre los dos después de Alegría de Pío, donde el Che había perdido la mochila y, por ende, las provisiones.
“¿Y no tenían más nada de comer, mamá?” “¿Y tenían miedo”? ¿pero de verdad le dio la leche condensada? El diálogo con dos niños pequeños y curiosos siemprese enmaraña, lo mismo te preguntan que si el Che conoció a Martí, que si Byrne era mambí, y que por qué Fidel no fue a quitar la bandera americana del Morro.
Con paciencia vamos tratando de mostrarles el orden cronológico, y explicando los procesos de forma sencilla.
Unos días después, cuando ya ni nos acordábamos de los dos jóvenes alzados en la Sierra y la latica de leche, estábamos desayunando y quedaba solo un pan extra. “Quiero otro pan, mamá”, pidió Abel. Cómete ese, le respondí. Pero entonces oímos a su hermana: “yo también quería”.
Y Abel dividió el pan a la mitad, le dio su parte, y le dijo: “Como el Che y Camilo”.
*** Para eso también sirve la historia, para sembrar valores, diría mi esposo historiador. Y yo le agrego: también para ponernos a sonreír el corazón.

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